Ricardo Barreda asesinó a su esposa, sus dos hijas y su suegra el 15 de noviembre de 1992 en La Plata. Tres años después fue condenado a reclusión perpetua. Pero el caso no terminó en un expediente judicial: el odontólogo se convirtió en personaje televisivo, dio explicaciones sobre las supuestas “humillaciones” que decía sufrir y una parte de la cultura popular llegó incluso a transformarlo en una suerte de antihéroe.
Más de tres décadas después, la película Barreda, estrenada el 28 de agosto de 2026 en Prime Video, vuelve sobre el horror pero pone el foco en algo que durante años quedó desplazado: las cuatro mujeres asesinadas y la sociedad que convirtió al victimario en protagonista.
El crimen ocurrió muchos años antes de que el femicidio fuera incorporado como agravante al Código Penal argentino. Esa modificación llegó recién en 2012 con la Ley 26.791. Hoy, el caso es revisado desde una perspectiva muy diferente a la que dominó buena parte de su cobertura durante los años 90.
Ricardo Barreda asesinó a su esposa, sus dos hijas y su suegra dentro de la casa familiar de La Plata
Ricardo Alberto Barreda era odontólogo y vivía con su familia en una casa de la calle 48 al 800, en pleno centro de La Plata.
El domingo 15 de noviembre de 1992 tomó una escopeta Víctor Sarasqueta calibre 16 y asesinó a Gladys Mac Donald, de 57 años, su esposa; Elena Arreche, de 86, su suegra; Cecilia Barreda, de 26, odontóloga; y Adriana Barreda, de 24, abogada.
Las cuatro mujeres murieron dentro de la vivienda.
La investigación reconstruyó además que Barreda conocía perfectamente el arma. Incluso declaró que tiempo antes había comprado municiones y que días antes del crimen había probado la escopeta disparando contra un tronco en la zona de Punta Lara. Para la acusación, esos elementos chocaban con la idea de un estallido completamente imprevisible. Después de los asesinatos intentó montar otra historia.
Barreda desordenó la casa, intentó simular un robo y salió después de matar a toda su familia
Uno de los aspectos más estremecedores del caso fue lo que ocurrió inmediatamente después.
Barreda alteró sectores de la vivienda para intentar instalar la hipótesis de un robo. La investigación estableció además que se deshizo del arma y de otros elementos utilizados durante el ataque.
No llamó inmediatamente a la Policía. Las reconstrucciones judiciales y periodísticas señalan que salió de la vivienda, visitó el cementerio donde estaban enterrados sus padres y posteriormente se encontró con una mujer con la que mantenía una relación extramatrimonial. Más tarde regresó a la casa y denunció que había encontrado a su familia muerta luego de un supuesto asalto.
La coartada duró poco. Los investigadores observaron contradicciones en su relato y detalles extraños en la escena. El desorden no era uniforme y la habitación del propio odontólogo prácticamente no había sido afectada. Finalmente confesó.
“Eran ellas o yo”: la explicación con la que Barreda intentó presentarse como víctima
Desde sus primeras declaraciones, Barreda construyó una explicación que terminaría marcando durante años la cobertura pública del caso.
Aseguró que su esposa, sus hijas y su suegra lo humillaban constantemente y sostuvo que lo llamaban “Conchita”, un supuesto apodo que, según él, atacaba su masculinidad.
Esa versión nunca pudo ser comprobada.
Durante el juicio, testigos del entorno familiar señalaron que no habían escuchado a las mujeres utilizar ese apodo contra él. Barreda era, en definitiva, la única fuente que podía sostener esa historia después de haber asesinado a las cuatro personas que podían contradecirlo.
En diferentes declaraciones pronunció frases que quedarían asociadas para siempre con el caso.
“Eran ellas o yo”, sostuvo en una de sus explicaciones.
También habló de una “idea de muerte” que, según dijo, se había instalado en su cabeza y afirmó en otras entrevistas que al momento del ataque sentía que “no era yo”.
Su discurso osciló durante años entre la supuesta pérdida de control, el hostigamiento que decía padecer y la idea de haber llegado a un punto sin retorno.
Pero en el expediente aparecía otro dato incómodo: él mismo declaró que la idea de matarlas llevaba tiempo en su cabeza.
El juicio de Ricardo Barreda enfrentó dos teorías: un hombre inimputable o un asesino que sabía perfectamente lo que hacía
El juicio oral comenzó en agosto de 1995 y tuvo un eje central.
No se discutía seriamente quién había disparado: Barreda había confesado. La gran pelea judicial era determinar si comprendía la criminalidad de sus actos.
Una parte de los peritos sostuvo que padecía una psicosis delirante o un “delirio de reivindicación” que podía haber afectado esa capacidad. Otros especialistas afirmaron exactamente lo contrario: que podía comprender lo que hacía y que era penalmente responsable.
El fiscal remarcó aspectos que consideraba incompatibles con una absoluta desconexión de la realidad: la compra de municiones, la prueba previa del arma, el intento de simular un robo y las maniobras posteriores al crimen.
El 14 de agosto de 1995, el tribunal lo condenó a reclusión perpetua por tres homicidios calificados por el vínculo y un homicidio simple, este último por el asesinato de su suegra. La decisión no fue unánime.
La jueza María Clelia Rosenstock consideró que debía ser declarado inimputable por una psicosis delirante. Los otros dos magistrados entendieron que sabía lo que hacía y lo condenaron.
Barreda pasó del tribunal a la televisión y una parte de la sociedad terminó hablando del asesino más que de las víctimas
El fenómeno posterior fue casi tan perturbador como la discusión judicial.
Barreda dejó de ser solamente el acusado de un cuádruple asesinato y se convirtió en personaje mediático.
Su rostro, sus explicaciones y el supuesto apodo “Conchita” ocuparon programas de televisión, tapas, entrevistas y debates. Durante años se discutió si había sido un hombre “dominado”, “maltratado” o llevado al límite por las mujeres con las que convivía.
El desplazamiento fue enorme: el relato del victimario llegó a competir con el hecho central de la historia, que era que Gladys, Elena, Cecilia y Adriana habían sido asesinadas.
Investigaciones académicas posteriores analizaron precisamente cómo la cobertura periodística construyó el llamado “caso Barreda”, qué voces fueron privilegiadas y de qué forma las víctimas quedaron relegadas dentro del relato público.
El propio odontólogo llegó a reconocer años después que en la calle había personas que le gritaban “ídolo” o “maestro”.
De “San Barreda” a canciones y sketches: cómo un femicida terminó convertido en ícono de la cultura popular
La transformación alcanzó niveles difíciles de imaginar hoy.
Comenzaron a circular estampitas de un supuesto “San Barreda”, presentado irónicamente como patrono de hombres maltratados. Su imagen apareció en grafitis, chistes y referencias populares.
También llegó a la música. Attaque 77 grabó “Barreda’s Way”; Bersuit Vergarabat lo mencionó en La argentinidad al palo y otros músicos utilizaron el caso como materia prima. Hubo además recreaciones televisivas y personajes inspirados directa o indirectamente en el odontólogo.
La notoriedad no implica que toda la sociedad lo apoyara.
Pero sí muestra que existió un fenómeno de banalización y justificación suficientemente extendido como para convertirlo en símbolo, meme antes de los memes y personaje reconocible.
Ese proceso es hoy una parte inseparable del caso.
En 1992, además, la figura del femicidio todavía no existía como agravante dentro del Código Penal. Recién veinte años después, en 2012, la legislación incorporó expresamente el homicidio de una mujer cometido por un hombre mediando violencia de género.
La lectura social del caso también cambió con ese proceso.
Barreda salió de la cárcel, consiguió beneficios y murió en 2020
Después de la condena, Barreda permaneció durante años detenido.
En 2008 recibió prisión domiciliaria por su edad y posteriormente tuvo distintos episodios judiciales relacionados con ese beneficio. En 2011 obtuvo la libertad condicional.
Finalmente, el 17 de mayo de 2016, la Cámara de Apelación y Garantías en lo Penal de La Plata declaró extinguida la pena que se le había impuesto en 1995.
Barreda murió el 25 de mayo de 2020, a los 83 años, luego de pasar sus últimos tiempos con graves problemas de salud.
Pero su muerte tampoco cerró el expediente cultural. El debate siguió siendo el mismo: cómo un hombre que asesinó a cuatro mujeres de su propia familia consiguió, durante décadas, ocupar el centro de la historia.
La película Barreda cambia el foco: el asesino sigue en el centro, pero las cuatro mujeres recuperan su historia
Ese interrogante es precisamente el que retoma ahora Barreda, la película estrenada el 28 de agosto de 2026 en Prime Video.
El film está dirigido por Daniela Goggi, responsable de El rapto, y tiene a Luis Machín como Ricardo Barreda. Carla Peterson interpreta a Gladys Mac Donald; Mercedes Morán, a Elena Arreche; Maite Lanata, a Cecilia; y Margarita Páez, a Adriana. También participan Marcelo Subiotto, Paola Barrientos y Alberto Ajaka.
La producción dura 1 hora y 45 minutos y se presenta como un drama de ficción basado en hechos reales.
Pero su tesis es especialmente incómoda.
La descripción oficial de Prime Video pone el foco no sólo en los asesinatos sino en lo ocurrido después: Barreda se presentó como víctima, su defensa utilizó ese argumento y una parte de la Argentina convirtió su historia en canciones, sketches y estampitas.
La película busca además darle mayor espacio a las víctimas y reconstruir el funcionamiento de aquella familia antes de la masacre. Carla Peterson explicó que uno de los objetivos fue precisamente comprender quién era Gladys y qué lugar ocupaban las mujeres dentro de esa casa, en vez de aceptar que toda la historia empezara y terminara con la versión del asesino.
El caso Barreda cambió para siempre porque hoy la pregunta ya no es sólo por qué mató, sino por qué tantos quisieron comprenderlo
Esa probablemente sea la razón por la que el caso conserva potencia más de tres décadas después.
La Justicia resolvió quién disparó y condenó al responsable. Lo que quedó abierto fue otra discusión.
Durante años, buena parte de las preguntas se concentraron en qué le habían hecho a Barreda, si realmente lo humillaban, si le decían “Conchita”, si estaba dominado por cuatro mujeres o si había “explotado”.
Hoy la pregunta puede formularse al revés: ¿Por qué el relato de un hombre que asesinó a cuatro mujeres tuvo tanta capacidad para desplazar las vidas de sus víctimas?
Gladys Mac Donald, Elena Arreche, Cecilia Barreda y Adriana Barreda quedaron durante demasiado tiempo detrás del apellido del hombre que las asesinó.
La nueva película vuelve sobre el crimen, el juicio y el espectáculo mediático, pero también sobre ese fenómeno.
Y acaso allí esté la parte más incómoda de la historia: el caso Barreda no habla únicamente de Ricardo Barreda. También habla de la sociedad argentina que lo miró, lo convirtió en personaje y, en algunos sectores, hasta se permitió admirarlo.
