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Quién es Pablo, el “hijo del corazón” que Oscar González Oro crió como propio: el drama familiar que lo marcó

Por Redacción Chisme
Detrás de los flashes, el Negro se la jugó por alguien que lo necesitaba y desde entonces fueron inseparables.
Negro Oro

La faceta más entrañable y reservada del hombre que lideró el dial argentino no se construyó frente al micrófono, sino en el silencio de su intimidad más profunda. Oscar “El Negro” González Oro fue padre de dos varones, Agustín y Pablo, pero con este último existió un pacto de amor familiar que rompió cualquier mandato biológico.

Aunque legalmente era su sobrino de sangre, el locutor decidió adoptarlo con el alma, educarlo bajo su mismo techo y darle el rol más trascendente de su existencia: el de hijo.

La historia permaneció durante décadas resguardada del ojo público y de la vorágine mediática que rodeaba al conductor estrella de Radio 10. Para el animador jamás existieron diferencias ni rótulos: ambos crecieron como hermanos inseparables, compartiendo vacaciones, mudanzas y el peso abrumador de la fama de un padre que paralizaba al país cada mañana.

El dolor de Armando y la decisión que cambió el destino de un adolescente

El lazo nació a partir de una dolorosa encrucijada en el clan familiar. Pablo era en realidad el hijo biológico de su hermano Armando; sin embargo, al atravesar una etapa compleja durante su adolescencia, el periodista mendocino no dudó un segundo en abrirle las puertas de su casa para cobijarlo y hacerse cargo absoluto de su crianza.

Lejos de una tutela pasajera, el locutor asumió la paternidad con todas sus letras. Con el acuerdo tácito y el consentimiento fraternal de su entorno, el vínculo se selló de por vida: el chico pasó a llamarlo “papá” con naturalidad y González Oro encontró en él una debilidad emocional idéntica a la que sentía por Agustín, fruto de su matrimonio con Estela.

“No era fácil ser mi hijo”: la dura confesión y el exilio europeo para protegerlos

A pesar del amor incondicional, la paternidad del conductor estuvo atravesada por el sacrificio y el costo de la exposición. En reiteradas oportunidades, el presentador admitió la herida que le provocaba no haber podido disfrutar de una vida ordinaria con ellos en Buenos Aires: “Pablo y Agustín me reconocieron que no era fácil ser hijo mío en Argentina. No podíamos almorzar en paz, no podíamos ir a un cine ni a un teatro”.

Ese asfixiante asedio social empujó al matrimonio a tomar una determinación drástica: coordinar para que ambos jóvenes se radicaran en Europa y construyeran sus vidas lejos de los flashes. La distancia geográfica se convirtió en una tortura emocional para el periodista, pero el lazo afectivo jamás se quebró: Pablo y Agustín fueron quienes lo contuvieron en sus momentos más oscuros y los destinatarios de su orgullo hasta el último suspiro.

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