En la cúspide absoluta de su carrera mediática no había capricho que le quedara grande. Corría el año 2005 y Oscar “El Negro” González Oro arrasaba con los números del dial en Radio 10 al frente de El oro y el moro, pulverizando a toda la competencia con mediciones de rating irrepetibles. Subido a esa ola de omnipotencia popular, simpatía y complicidad total con su audiencia, el conductor decidió dar rienda suelta a su costado más desopilante: meterse a un estudio de grabación profesional para editar su propio disco solista.
Aquello no pretendía ser una obra candidata a los premios Gardel, sino una fiesta desvergonzada para sus oyentes. El mendocino, que solía cantar a los gritos arriba de las pistas musicales durante las mañanas mientras arengaba al país con su clásico “¡Dale gas!”, convirtió esa costumbre de estudio en un álbum homónimo titulado simplemente El Negro Oro, transformándolo de inmediato en un auténtico objeto de culto bizarro.

De Vicentico a Sergio Denis: el repertorio que sonó en todos lados
El disco fue una ensalada de ritmos populares sin ningún tipo de filtro. El tracklist arrancaba con un himno navideño (Viva la Navidad) y pegaba volantazos insólitos hacia versiones bailables de La camisa negra de Juanes, Caraluna de Bacilos y El moreno de Isabel Pantoja. Todo interpretado con su voz gastada, su tono socarrón y una afinación libre de complejos que contagiaba carcajadas.
El momento cúlmine de la placa llegaba con su sentida interpretación de Los caminos de la vida (al estilo Vicentico) y su tributo festivo a Sergio Denis entonando Te quiero tanto. Tampoco faltaron colaboraciones emotivas y guiños a su público fiel con temas como Usted o República de la alegría, himno que compuso junto a su gran amigo Ricardo Montaner para celebrar el espíritu positivo de su programa.
“Canto horrible, pero la gente se divierte”: el showman que se reía de sí mismo
La aventura musical no escondía pretensiones de divo: era puro histrionismo y disfrute. En las entrevistas de la época, el periodista se mataba de risa al hablar de su faceta melódica: “Yo no soy cantante ni pretendo serlo; canto espantoso, pero en la radio nos divertimos y la gente quería tener las canciones para ponerlas en el auto”. Ese desenfado absoluto fue el secreto que lo volvió irresistible para millones de taxistas, comerciantes y familias enteras.
El CD se vendió como pan caliente, coronando una época donde el Negro Oro hacía lo que quería en el éter porque el país entero estaba de su lado. Hoy, al recordar su trayectoria con una sonrisa, aquel disco de 2005 queda como la prueba perfecta de su filosofía: un hombre que no se tomaba demasiado en serio a sí mismo y que entendió, mejor que nadie, que la radiofonía era ante todo una usina de alegría.





