Detrás del conductor arrollador que gobernó el rating de la radiofonía durante décadas, Oscar “El Negro” González Oro construyó una vida sentimental apasionada, libre de caretas y repleta de giros intensos. Aunque durante años mantuvo bajo siete llaves su intimidad para resguardar a sus afectos, cuando decidió abrir su corazón lo hizo sin filtros ni prejuicios, reivindicando que para enamorarse nunca existió edad ni mandatos sociales.
Desde su boda con Estela, la mujer que le dio a sus dos adorados hijos, Agustín y Pablo (que en realidad es su sobrino, pero tratado como hijo), hasta las parejas que lo acompañaron en sus últimos años en Punta del Este, su historia afectiva combinó devoción, rupturas intempestivas y lealtades inquebrantables. Su mayor victoria no fue solo llenar teatros y liderar el dial, sino haberse animado a vivir sus pasiones a cielo abierto cuando pocos en los medios se atrevían a dar el paso.
El casamiento con Estela: el perfil bajo y la llegada de sus dos grandes debilidades
En su juventud y casi a la par de sus primeros pasos laborales en Buenos Aires, el animador mendocino contrajo matrimonio con Estela. Aquella etapa fundacional sentó las bases de su vínculo familiar más sagrado: el conductor jamás dejó de poner a Agustín y Pablo en el centro de sus prioridades vitales, construyendo con ellos una relación de complicidad absoluta que resistió mudanzas, distancias geográficas y la vorágine de la fama.
Aunque la pareja con Estela llegó a su fin en excelentes términos, el periodista siempre guardó por ella un respeto intachable: “Ella era la mujer que yo quería tener; la amé y creo que me amó”, supo recordar con cariño sobre los inicios de una paternidad que le cambió la perspectiva. Con el paso de los años, el conductor comprendió que su verdadera plenitud requería transitar un camino afectivo diferente, pero la alianza parental y el cuidado mutuo por sus hijos jamás se rompieron.

El posteo de San Valentín en 2016: la foto con Tato que rompió prejuicios
El 14 de febrero de 2016 marcó un quiebre bisagra en su historia. Por el Día de los Enamorados, el animador subió una foto junto al periodista uruguayo Tato Cuervo blanqueando públicamente su romance y su orientación sexual. La repercusión fue monumental: una de las voces más escuchadas del país rompía el clóset con una naturalidad desarmante, cosechando una ovación unánime de colegas y oyentes.
“Tuve mujeres que me dieron placer y me enamoré de un hombre”, definió con su habitual desparpajo al explicar su sentir. Con Tato transitó años de viajes, complicidad y proyectos compartidos en Uruguay, inaugurando una etapa donde el conductor decidió no ocultar nunca más a quienes elegía para caminar a la par.

De Guillermo D’Anna a Mauro Francisco: pasiones intensas y compromisos rotos
Más adelante en el tiempo llegó el romance con Guillermo D’Anna, con quien compartió casa y proyectos profesionales durante un período prolongado. Sin embargo, la historia que capturó todas las miradas mediáticas fue su vínculo con el joven actor Mauro “Panchito” Francisco. Con él vivió un flechazo fulminante en el verano esteño que los llevó incluso a comprometerse formalmente tras meses de pura euforia.
La relación finalizó de común acuerdo y dejó una de las cartas públicas más desgarradoras del comunicador en sus redes: “Mi alma no sabe qué carajo hacer… y mi mente me sigue gritando. Se termina una de las etapas más bellas de mi vida. Nos amamos cada uno a su manera, nos merecemos estar bien y ser felices juntos o separados”. Pese a la tristeza de la separación, el cariño entre ambos perduró a través del tiempo.

Julio, Bruno y la búsqueda inagotable del amor hasta el final
Lejos de cerrarle la puerta al corazón, el animador volvió a apostar por la pareja al confirmar su noviazgo con Julio Guitart, a quien presentó con orgullo destacando que su mayor virtud era la honestidad. Tiempo después también blanqueó en redes su lazo con Bruno, un joven que le devolvió la alegría cotidiana durante sus largas estadías en el país vecino.
En sus últimos balances íntimos, González Oro nunca renegó de las heridas del amor: se consideraba un hombre apasionado, romántico empedernido y agradecido por haber amado con el corazón en la mano. Se fue en paz con su propia verdad, habiendo vivido con la misma intensidad desbordante que le regaló durante medio siglo a sus oyentes.





