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Por qué Brian Johnson nunca se saca la boina: la terrible historia que nadie te contó de AC/DC

Por Redacción Chisme
El frontman enloqueció en Argentina. Nosotros, al ritmo del rock and roll y su secreto mejor guardado.
Brian Johson en el escenario

Buenos Aires lo volvió a confirmar: es la capital mundial indiscutida del rock. Tras hacer temblar la ciudad con tres estadios repletos los pasados 23, 27 y 31 de marzo, AC/DC dejó a los fanáticos argentinos sin voz y con la sangre latiendo a mil por hora. Y allí, en el centro de ese huracán de distorsión y gritos ensordecedores, se alzó una vez más la figura incombustible de Brian Johnson luciendo su clásica gorra ladeada.

El líder de la banda australiana convirtió este accesorio en su marca registrada indiscutida durante más de cuatro décadas. Sin embargo, detrás de ese look icónico que los argentinos acaban de ovacionar, no hay ningún asesor de imagen de Hollywood ni una campaña de marketing millonaria. La verdadera historia esconde escenarios asfixiantes, un problema de transpiración y la salvadora intervención familiar.

Un infierno de sudor y la genialidad de su hermano

Mucho antes de llenar estadios gigantescos con los primeros acordes de “Back in black” o «Thunderstruck», Johnson la peleaba duro en el circuito under del noreste de Inglaterra como líder de la banda Geordie. En aquella época, los escenarios de los clubes nocturnos y los bares para obreros eran un verdadero horno sin ventilación.

El calor de los focos era tan agobiante que el sudor y su propio pelo se le metían constantemente en los ojos. Lo dejaban prácticamente ciego y le arruinaban la concentración en pleno show. Fue en uno de esos momentos de frustración extrema donde apareció su hermano Maurice con una solución brillante: le regaló una típica boina de tweed (muy usada por la clase trabajadora británica de la zona) y le sugirió que se la encajara en la cabeza para frenar la transpiración.

El “bautismode clase obrera: de la comodidad a la identidad

El debut del accesorio no pudo ser más exitoso. La boina de tela cumplió su función a la perfección: actuó como una vincha súper absorbente, le despejó la vista por completo y le permitió moverse por todo el escenario con total libertad.

Pero el impacto no fue solamente práctico, sino profundamente visual. El público de esos oscuros pubs, compuesto en su enorme mayoría por mineros, mecánicos y obreros industriales, se sintió inmediatamente identificado con ese cantante. Lejos de las calzas ajustadas y las lentejuelas de las estrellas de rock de los años 70, Brian lucía exactamente igual que ellos al terminar su dura jornada laboral. Sin quererlo, había forjado un sello de humildad y pertenencia inquebrantable.

El sello innegociable para entrar al Olimpo del rock

Cuando el destino (y la tragedia) lo llamó para reemplazar al legendario Bon Scott en 1980, Johnson ya era uno solo con su gorra. Al presentarse a las audiciones decisivas, los hermanos Angus y Malcolm Young quedaron impactados de inmediato.

No solo los deslumbró con su brutal potencia vocal, sino que quedaron fascinados con esa estética ruda, callejera y genuina. Desde ese primer ensayo, la boina se volvió intocable. Pasó de ser un simple “trapo para frenar el sudor” a coronarse como uno de los símbolos visuales más icónicos, respetados y copiados en toda la historia del rock and roll.

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