Argentina supo sufrir, supo amar y supo evitar partir en octavos de final del Mundial 2026. Eso es lo único que importa. O, al menos, lo único que importará dentro de unas horas, cuando el pulso vuelva a su lugar y la garganta deje de doler.
Egipto se presentó fiel a su propia mitología: misterioso, imprevisible y con la ambición de desafiar al faraón equivocado.
Desde una tierra acostumbrada a levantar monumentos eternos y a invocar dioses cuando la razón ya no alcanza, apareció una Selección dispuesta a escribir su propia leyenda: mandar a casa al rey Messi y sepultar al campeón bajo las arenas del Mundial.
Con su planteo táctico pareció capaz de hacerlo. Hasta que, desde algún lugar perdido entre las pirámides, los dioses parecieron pronunciar una vieja orden reservada para los muertos que todavía no estaban listos para morir: “Levántate, Osiris”.
POR LOS AIRES: ¡LA ILUSIÓN ARGENTINA VA…! 🩵🤍 pic.twitter.com/hkcrkzDIch
— TyC Sports (@TyCSports) July 7, 2026
Argentina y ese raro enigma de los huevos
Muchos lo dijimos y no hay razón para negarlo: el panorama era oscuro. Messi erró un penal, De Paul no daba pie con bola y no había profundidad en el juego.
Hubo errores individuales, desconexiones colectivas, pases apresurados y una defensa que transmitía inseguridad. Egipto encontró espacios, golpeó y convirtió cada minuto en una tortura.
Ese 0-2, a apenas 48 horas de un nuevo aniversario de la Independencia, parecía demasiado cruel para una Selección que había conseguido algo mucho más grande que ganar partidos: volver a reunir a los argentinos bajo un mismo manto después de años de fracasos, desmanejos y épicas que nunca terminaban de serlo.
Y, sin embargo, ahí estaba otra vez el abismo. Solo que esta vez había una diferencia: cuando la noche era bien oscura recordamos que sabíamos cómo mirarlo de frente. Y salió el sol.
¡ASÍ VIVIÓ SCALONI EL TRIUNFO AGÓNICO DE LA SELECCIÓN ARGENTINA! 🇦🇷🏆 pic.twitter.com/qHupQ1zlJp
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De pie, carajo, porque los argentinos te amamos
Como Mickey Gold frente a un Rocky Balboa que parecía no tener más nada para dar ante Tommy Gunn, alguien debió gritar desde un rincón imaginario: de pie, carajo.
Y la Scaloneta se levantó. Cuti Romero abrió una hendija en la oscuridad con el descuento. Después apareció Messi, ese que durante buena parte del partido había parecido atrapado en su propia telaraña, para volver a encenderse, participar de la reacción y marcar el empate.
Argentina dejó de ser una línea plana en el electrocardiograma. Había pulso. Había sangre. Había vida después de un coqueteo demasiado largo con la eliminación.
Pero los milagros también necesitan que alguien los empuje.
Y todavía faltaba el último. Entonces apareció Enzo Fernández. En tiempo de descuento, cuando Egipto todavía se aferraba a la ilusión del alargue, el mediocampista marcó el gol de la remontada y terminó de devolver al campeón del mundo de un lugar del que parecía imposible regresar.
Argentina estaba entre los ocho mejores. Otra vez de pie. Otra vez viva. Otra vez obligándonos a creer.
Cuando se venía Egipto en el final, apareció Paredes 🇦🇷💪🏼 pic.twitter.com/D82hcYGJqy
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Argentina sigue viva porque todavía sabe jugar con el corazón
Este equipo deberá mejorar. Muchísimo. Los errores ante Egipto, incluso peores que ante Cabo Verde, podrían haber costado la eliminación y ya no habrá margen para repetirlos.
Pero hay algo que sigue intacto. Cuando todo se rompe, cuando el partido se vuelve irracional y cuando la lógica ya no alcanza, Argentina todavía sabe encontrar una fuerza que no figura en las estadísticas.
Los antiguos egipcios creían que, cada noche, el sol debía atravesar la oscuridad antes de volver a nacer. Argentina también tuvo su propia Duat: descendió, sufrió, pareció morir y volvió a ver la luz.
Pasó con barullo. Con nervios. Con errores. Con dudas. Con huevos. Con el corazón en la mano y con el culo del campeón.
Festejemos, que siempre hay un bello milagro más por ocurrir. Nos vemos el próximo 11 de julio a las 22.

